Los 25 años de Madama Sui, la novela que retrató a una sociedad degradada

La última novela de Augusto Roa Bastos le valió al merecido Premio Nacional de Literatura, a finales de ese mismo 1995. La obra pone de manifiesto la realidad de opresión de la época autoritaria, al tiempo de expresar los anhelos transformadores de un país que busca renacer.

 

De un tirón, así dijo Augusto Roa Bastos que escribió Madama Sui, entre el 1º de marzo y el mayo de 1995, en Toulouse, Francia, donde aún vivía por entonces. La obra es sumamente significativa para el corpus de la narrativa roabastiana, no sólo porque fue su última novela, sino también porque ella le valió el Premio Nacional de Literatura a fines de ese mismo año; un galardón que durante tanto tiempo le había sido vilmente escamoteado por motivos de índole netamente políticos.

Después de “Yo el Supremo” (“obra catedralicia”, como la definió el poeta José Luis Appleyard), no es fácil definir cuál fue el mejor libro de Roa. Alguna vez, en algún lugar, su amigo Ramiro Domínguez –también Premio Nacional de Literatura- dijo que “Contravida” era la segunda gran novela del literato compatriota, narración sobre su infancia en la añorada Iturbe. Otros, en realidad, estiman que fue “Madama Sui”.

Como bien explica en el prólogo de esta novela, Roa Bastos refiere que esa mujer, la protagonista de la obra existió, y que fue obligada a prostituirse para integrar el harem del dictador Alfredo Stroessner durante la era de su oscuro reinado; que ella misma se lo contó, pero que le exigió que nunca revelase su nombre.

Frente a esa relación espuria, impuesta e impura, se erige la figura del verdadero amor de esta hija de padre paraguayo y madre japonesa. “Lo único que hubo en ella de profundo y permanente fue un amor de infancia que le duró hasta el fin de su vida, consagrado al niño, al hombre, al perseguido, al fugitivo, al desconocido, en que el tiempo y la vida lo fueron convirtiendo, y con el cual Madama Sui se había desposado para siempre no por las nupcias sino por la ausencia y la separación”.

La novela, cuenta Roa en el prólogo, es un reflejo de una sociedad degradada, ultrajada, manipulada por y desde el poder, un tema que nuestro escritor abordó con obsesión.

“La estrategia del poder unipersonal encontró en la prostitución de la mujer el elemento primario, el más vulnerable, pero también el más eficaz, que le permitió implantar la corrupción generalizada de una sociedad atrasada e inerme. En el contexto de este fenómeno masivo, a la vez político y social, el destino de la protagonista adquiere su perfil verdaderamente trágico, su pleno valor de documento humano”.

En la obra encontramos a un autor extasiado por la libertad proclamada seis años antes en el Paraguay, henchido no sólo de felicidad, sino de necesidad de contarle a una nueva generación los horrores que había vivido durante tres décadas y media esa sociedad clausurada, ganada para el poder mitad por la corrupción y mitad por el miedo.

Madama Sui vivió solamente veinte años. “Más interesante que el personaje tópico del dictador, que infesta la historia y la literatura de estos países hasta el hartazgo; más edificante es la figura de una joven mujer, favorita de uno de estos prohombres, en la que el vértigo del poder no logró prostituir su dignidad intrínseca de ser humano y su innata inocencia”, añade el texto.

Surge entonces un elemento de rescate, de resurrección. Tal vez por ese motivo Roa decía: “Paraguay es un país condenado a la extinción, pero la extinción no supone la desaparición, supone la transformación en otra cosa”.

Esa otra cosa, esa realidad distinta que Madama Sui no alcanzó a ver por la brevedad de días, es la que los ciudadanos están llamados no a presenciar o a conocer en un futuro hipotético, sino a construir, a fin de ser protagonistas de una historia de justas reivindicaciones libertarias y sociales, porque, como lo dijo alguna vez la gran filósofa francesa Simone de Beauvoir, “lo esencial para un ser humano es convertirse en un ser humano”.

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