Campo profundo

En este segundo envío para El Trueno, el escritor argentino Derian Passaglia narra la inmensidad del campo, entre el recuerdo de infancia y las figuras clásicas de la literatura.

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Por: Derian Passaglia

Una niña y animales que hablan, como en Alicia en el país de las maravillas. No es estrictamente un bosque donde Alicia está sentada con su hermana, al parecer pasando la tarde y leyendo un libro que no tiene diálogos ni ilustraciones, hecho que la aburre profundamente. Alicia se pregunta de qué servirá un libro así y la pregunta adquiere un significado metalingüístico cuando ve pasar un conejo blanco que va hacia una madriguera, apurado mientras mira la hora en el reloj de bolsillo del chaleco y se culpa porque va a llegar tarde quién sabe dónde. El conejo habla y provoca la primera línea de diálogo de la novela.

Parece más bien un campo en las afueras de una gran ciudad el lugar donde comienza el relato. Un campo en el que animales como el conejo, un pato o una oruga hablan. Alicia se introduce en la madriguera persiguiendo al conejo, y mientras cae el mundo se transforma, se vuelve maravilloso. Puede hacerse chiquitita o tan alta como una jirafa con solo tomarse el contenido de una botella. Entra y sale de habitaciones, se cruza con animales extraños, El bosque tiene una aparición fugaz, sirve como vía de escape un momento en que Alicia quiere huir de la habitación del conejo blanco. Es curioso que en el bosque se encuentre un personaje que no pertenece a ese ámbito y que resulta el único animal que no habla, un tierno cachorrito. Errante entre briznas de hierbas y flores, Alicia busca la manera de regresar al jardín, que es el lugar donde sucede gran parte del relato. Como para Caperucita, para Alicia es normal que los animales hablen, no se asusta ante ese hecho extraordinario que no rige el mundo de la realidad sino el del País de las maravillas. Episodio tras episodio, se encuentra siempre con un animal distinto con inquietudes diferentes, y cada uno la expone antes juegos y enigmas lingüísticos. El carácter episodio la emparenta con el Quijote, quien en cada capítulo se enfrentaba a una nueva aventura y a nuevos personajes, pero también tiene algo de Caperucita la forma en que el relato se desarrolla. Ese campo de las afueras de ciudad en donde comienza Alicia su aventura o ese jardín que pertenece al Rey y la Reina y de Corazones funcionan como el bosque originario donde Caperucita se entretiene buscando flores para su abuelita, son lugares laberínticos que esconden enigmas a resolver.

Para un chico, para alguien que recién ingresa al mundo, el bosque resulta una figura metonímica, el espacio donde todos los misterios y donde todas las historias son posibles. El bosque no es tanto un lugar físico en particular como una sensación del espíritu, una sensibilidad que se podría trasladar tanto al campo de las afueras o el jardín de Alicia, como al patio de una escuela (recuerdo especialmente el hermoso patio de la primaria, la Vigil, un predio enorme en el que jugábamos a la pelota en la tierra con las piñas que caían de los pinos), un parque, una plaza, etcétera.

Me acuerdo de una tarde que pasamos en la casa de campo del novio de mi abuela. La casa quedaba en Roldán, a quince kilómetros de Rosario por autopista. Mi papá se refería a Edgardo, el novio de mi abuela, como el “papastro”. Era muy gracioso cuando lo pronunciaba, así que todos lo empezamos a llamar “el papastro”. Hasta muy entrada la adolescencia no me enteré que en esa palabra se había operado un cambio, un simple desplazamiento de una palabra que cambiada con otra generó efectos distintos. El padrastro se había convertido en papastro. El cambio provocaba que el peso de la palabra “padrastro” se disolviera, lo aligeraba, lo volvía más cercano, como uno más de la familia.

Los asados en la casa de campo del papastro eran multitudinarios. Toda la familia de la rama paterna, entre tíos, tías y primos, nos congregábamos al rayo del sol de Roldán en una larga mesa donde la comida siempre abundaba. Era prácticamente imposible no llegar al helado o la torta del postre sin desabrocharse un botón del pantalón. Uno de los tópicos de esos almuerzos era precisamente la cantidad de comida que le gustaba cocinar al papastro, de manera que esos mediodías se extendían hasta después de las cuatro de la tarde, cuando el vino había hecho su trabajo lento de fermentación, y había vuelto lentos también los movimientos de mi papá, al que siempre le gustó tomar.

Mi mamá repetía una frase: me lleno de solo mirar la mesa. La siesta se dormía en cualquier parte. Algún tío tiraba una colchoneta en el patio, algún otro dormía sentado, entregado a la modorra, recibiendo el vientito del otoño en la cara. Ese momento era nuestro momento, el momento de los chicos que disponíamos de un inmenso espacio abierto y de la tarde entera para hacer lo que quisiéramos. A veces jugábamos a la pelota en la calle de tierra -nunca pasaba un auto por la calle de la casa del papastro, y los pocos autos se veían eran de familiares-, plagada de pozos y ortigas, en la que se hacía muy difícil el control de la pelota, o desplazarse más de un metro. Por eso había que dar rápido el pase y esperar la devolución.

Otras veces andábamos a caballo, que no tengo idea de dónde aparecían, pero se dejaban ver pastando en una esquina. Las únicas casas que había en la cuadra era la del papastro y la del padre de una tía, Guillermina, que tenía también una familia numerosa. Seguramente los caballos eran de ellos porque Darío, primo e hijo de la tía Guillermina, solía ponerse al frente de las expediciones con caballos, además de que también era el más grande de los primos.

Yo no tendría más de doce años y mi hermano Milton alrededor de ocho. En una de esas siestas obligatorias, mi hermano convenció a mi papá para dar unas vueltas en bici. Mi papá se despertaba con un humor muy diferente al del eufórico verborrágico del almuerzo. Sombrío y atontado por los efectos del alcohol, me parecían graciosos sus pelos de pirinchos parados que no se molestaba en peinar. Mi papá y mi hermano dieron vueltas durante una o dos horas, yo no sé qué había estado haciendo o por qué no quise sumarme. Imagino que prefería seguir a mi primo Pablo, que me llevaba tres años y con el que siempre compartí cierta sensibilidad de explorador curioso por las cosas. ¿Qué me importaba ir a dar vueltas en bici por esas calles de tierra aburridas donde no se veían más que pastizales y la línea del horizonte al fondo?

Sin embargo, cuando volvió Milton emocionadísimo por el paseo inmediatamente se me despertó el interés, y quise ir a andar en bici con ellos. Pero mi papá ya estaba cansado, en la casa la familia comía facturas y tomaba mate. El mal estado físico y el hambre le impedían dar otra vuelta en bici de una hora. Milton estaba emocionado por la posibilidad de otro paseo y yo no me quería quedar con las ganas. Mi papá le encargó a Milton que me guiara, y Milton infló el pecho de orgullo. Las bicicletas eran de algún primo, porque rara vez llevábamos las nuestras a Roldán.

Las calles, igual que las del papastro, eran de tierra. La mayoría, no todas. Casas a medio construir, con fachadas rústicas, pasto crecido alrededor de un canasto de basura y pelopinchos de aguas turbias. A veces pasábamos por alguna casa que tenía un cartel improvisado por encima de una ventana que decía “Kiosco”. Los vecinos, sentados en reposeras en la vereda, nos miraban pasar, y no nos sacaban los ojos de encima hasta que doblábamos en una esquina. También había una plaza, lo que parecía ser una plaza principal, un grupo de chicos jugaba a la pelota, alguna madre con un cochecito tomando aire. Dos o tres veces habíamos pasado ya por la plaza, que se fue despoblando en cada vuelta. Yo notaba la cara de preocupación en los ojos de Milton, que junto con el sol de la tarde se había ido apagando. No recuerdo si fue él o yo, pero alguno de los dos puso en palabras lo que estaba pasando: estábamos perdidos.

Recorrimos las mismas calles una y otra vez buscando algún rastro que nos orientara. Ningún camino llevaba hasta la casa del papastro. No nos animábamos a preguntarle nada a nadie porque nos daba vergüenza. ¿Qué íbamos a decir, y a quién, que nos habíamos perdido dando vueltas en bici alrededor de unas cuantas manzanas? El canto de los grillos en la zanja traía la noche. La oscuridad no era un hecho, sino una sensación, un presentimiento en el horizonte anaranjado. Llegamos a un caminito de tierra junto a la autopista. A lo lejos se veía una estación de servicio, algunas casas perdidas, los rayos dorados del sol sobre el campo. Milton no aguantó más y se puso a llorar. Yo también me sentí desesperado, y con los ojos vidriosos le dije:

-Los vamos a encontrar.

La desolación que experimenté en ese lugar callado y abierto fue profunda. Para nosotros el campo se había transformado en un laberinto, en un sendero sin salida, en el que nos era imposible sentir la libertad asociada al campo. La gran tradición argentina imagina al campo como una amplia llanura desértica, un lugar propicio para espíritus libres y salvajes, al margen de la ley, como el Martín Fierro de Hernández o el Facundo de Sarmiento.

Para nosotros, el campo se había vuelto un bosque, un lugar hermoso e inhóspito al mismo tiempo, mágico y cruel, capaz de dar vida y de arrebatarla, de someter al individuo a su propia lógica.

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