¿Qué es lo sublime? (Parte 2)

¿Lo sublime es una idea del pasado? En este nuevo envío para El Trueno, el escritor argentino Derian Passaglia narra la pervivencia de lo sublime en la intimidad cotidiana.

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Las intuiciones kantianas sobre lo sublime se profundizaron. Si para Kant lo sublime se expresa en la interioridad del sujeto, hoy la interioridad, lo íntimo, lo privado, es el modo en que se manifiesta la vida cotidiana, como una banalización de lo sublime. Lo absolutamente grande, lo grande por encima de toda comparación, está mediada por discursos y formas que no representan lo mismo que representaba para hombres y mujeres del siglo XVIII. Noticias de la guerra nos llegan a través de redes sociales. A la naturaleza la prefiero en documentales de plataformas audiovisuales por streaming pagas. Dios mismo gana cada vez más adeptos en iglesias evangélicas y programas brasileños de la medianoche. ¿Qué es para nosotros lo sublime? ¿Dónde podemos buscarlo? ¿En qué lugar quedó lo grande, lo absolutamente grande por encima de toda comparación?

Si pienso en lo sublime aparecen las piernas de mi papá con los pantalones color caqui marca Ombú, gastados, agujereados, manchados con masilla y silicona. Yo le debo llegar a la cintura, o menos, porque puedo meter mi cabeza entre sus piernas y sentir que lo alzo. Mi papá es enorme, es gigante, pero con mis dos bracitos le rodeo los muslos y uso su entrepierna como palanca, hago fuerza con la cabeza y lo levanto, tengo mucha fuerza, su tamaño no me amedrenta, estoy levantando a mi papá con la fuerza de mis hombros y lo llevo en andas por el pasillo del PH donde vivíamos. Tengo una fuerza increíble, ¡lo estoy levantando a mi papá y lo cargo en mis hombros! ¿O es que él se está haciendo el loco y en realidad camina en puntitas de pie, simulando que no tiene ningún control sobre la situación, que no camina en puntitas de pie mientras yo me creo poderoso e invencible?

En el departamento del fondo vivía María, una nena más grande que yo, la única amiga con la que jugaba en el PH. María me cuidaba como a un hermanito mayor. Todavía recuerdo un sueño: estamos los dos metidos dentro de una de las alacenas del mueble del living, una de las puertas estaba rota, así que yo la usaba como si fuera mi lugar privado, inaccesible al resto de los seres. Ahí dibujaba las paredes de madera, pegaba stickers e imaginaba quién sabe qué cosas. En el sueño, María penetró en mi mundo privado, está con las piernas enrolladas porque es más grande y las tetas le cuelgan como cintas, como esas cintas que usan las bailarinas de danza, larguísimas y finas, aterciopeladas.

El papá de María se llamaba Urbano y su mamá Nelly. ¿Qué clase de palabra es Urbano y qué quiere decir Nelly? ¿Por qué alguien se llamaría así? Todo lo que rodeaba a Urbano, empezando por su nombre, me parecía misterioso. Urbano no hablaba nunca, estaba siempre serio. Cuando llegaba del trabajo, se iba al fondo del pasillo a frotarse las manos con aceite y sal gruesa. Durante largo rato me quedaba hipnotizado viendo cómo se sacaba la mugre de las uñas, los nudillos, las muñecas, el codo… Una mezcla mágica que tenía el poder de dejarle blancas las manos que traía negras. Era como un ritual diario que Urbano ejecutaba en silencio, en mi presencia, pacientemente, purificante. El aceite brillaba en sus brazos y las piedritas blancas de sal, cuando se entrechocaban, producían un ruido como de agua que baja por una cascada, interminable y potente, la espuma se esparce, las gotas salpican y lo mojan todo, el río sigue su curso. Quería y no quería yo también frotarme las manos con aceite y sal gruesa (hoy lo hago después de picar ajo o cebolla), porque me daba miedo, un miedo tal vez infundado. Pero a Urbano no le pasaba nada después de frotarse, es más, las manos le quedaban impecables. Nunca le pedí que me prestara su aceite y su sal gruesa para pasarme como él, no recuerdo haber cruzado jamás una palabra con Urbano.

El número 2 que me enseñó mi abuela a dibujar como un patito, sin soltar la mano de la hoja, un rulo que comenzaba en un círculo y terminaba en una cola igual de redondeada, en la oscuridad de la cocina, cuando mi abuelo ya se había acostado. El auto de juguete que me regalaron mis abuelos (¿para un cumpleaños? ¿El día del niño?) y que solo disfruté una tarde, andando sin parar en la calle, de esquina a esquina, porque al día siguiente el auto, que guardaron en un cuartito del fondo, ya no estaba más… Alguien lo había robado.

La primera vez que pisé el Gigante de Arroyito para ver un Central 1 – Racing 0, gol del Yacaré Núñez de afuera del área, con una pelota que se fue abriendo y abriendo y dibujó una comba letal hasta alcanzar un punto en que se fue cerrando por efecto del viento y la velocidad, y entró besando el palo izquierdo del arquero. El primer beso, o uno de los primeros, abajo de una mesa, con Erika, en la biblioteca de la escuela, mientras la de Lengua nos contaba un cuento…

Enfrentarse a los recuerdos más profundos, aquellos que aparecen una vez y por descuido, ¿será una forma en que el espíritu se mide consigo mismo y en la que no encuentra término de comparación? Como pasear por un bosque kantiano.

*Foto: Agrayday, Flickr.

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