El bosque es un cuerpo poroso

El escritor argentino Derian Passaglia encuentra un nuevo ángulo para sus narraciones sobre la temática del bosque, esta vez la obra del escritor austríaco Adalbert Stifter.

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Aunque muchos puedan creer que es una simplificación, y aunque lo fuera, los relatos de Stifter son como la nieve agitándose dentro de un adorno de bola de nieve, sobre una mesita ratona de living. Pocos escritores producen una sensación tan honda de realidad al mismo tiempo en que se escapa de todo realismo. En las bolas de nieve, la nieve se agita, cae sobre casas de tejados y pinos, sobre Papá Noel y los renos, sobre niños y niñas con gorros y guantes. No hay fechas o etiquetas que indiquen el nombre de un lugar, no tenemos otra información más que la imagen que encierra la bola, ni otra noticia de ese mundo más que cuando alguien la agita y la nieve se esparce.

De repente las casas de tejados, los pinos, Papá Noel y los renos, los niños, se cubren de nieve. Para quien contempla la escena se produce un momento de satisfacción, resulta lindo mirar un universo autónomo, perdido en el tiempo y el espacio, encerrado en su eterna quietud, esperando el momento -que en algún momento va a llegar, siempre llega, siempre igual- en que del suelo blanco y brillante se eleven los copos de nieve hacia el cielo transparente, ovalado, manejado por una mano inquieta que provoca una tormenta inesperada.

Cristal de roca es un cuento largo o una novela corta -el género lo decidirá la cantidad de páginas, la editorial, alguna otra burocracia relacionada a la literatura- que provoca intriga desde el título mismo. En alemán, Bergkristall, hace falta una sola palabra para nombrar el fenómeno. Más amable a la imaginación resulta pensar en una roca de cristal, que inevitablemente convoca el frío del sur del país, el desprendimiento de glaciares en el Perito Moreno, como muestra cada verano la pantalla de Crónica. Las piedras tienen accidentes, hendiduras, son imprevisibles y a veces traicioneras, hay que andar con cuidado entre ellas. Un paso en falso podría costar el hueso de una pierna roto. En el camino de subida al cerro de la Ventana, el guía pronunció la palabra roquedal.

-Hay que dar la vuelta por esos roquedales para rodear la ventana y subir por atrás -dijo.

Los roquedales se elevaban grises por el brillo del sol en las sierras, como dientes filosos de animales o dioses antiguos. No parecía difícil de escalar de lejos, quizá porque a la vista era hermoso. Picos de piedras que fueron moldeados azarosamente por la mano implacable del tiempo. De cerca la cosa cambiaba. Había que mantener un cierto ritmo de escalada, porque el guía estaba a cargo de un grupo de veinte personas, y había que decidir en el momento qué piedra pisar, dónde encontrar la firmeza, qué forma sería la mejor para el ascenso: esta piedra sí, esta no, esta sí, esta no. La decisión última correspondía a la intuición, encargada de controlar los movimientos del cuerpo en los roquedales de Sierra de la Ventana.

Un cristal de roca no supone, en principio, la dificultad que podría convocar la idea de una roca de cristal; un cristal de roca es difícil de visualizar si se piensa los términos por separado. A mí me trae a la mente una pista de patinaje de hielo por la que dos enamorados se deslizan de la mano, una botella de vidrio, una piedra preciosa y muy brillante que deslumbra en un verso de Darío. ¿Cómo se vería en realidad un bergkristall? Para Google Imágenes, cristal de roca es una piedra de hielo con muchas puntas. Laura Dodyk, que sabe de estas cosas, me informa que es un tipo de cuarzo, parece hielo pero es roca cristalina.

En el pueblo ficticio de Gschaid todos los días parece Navidad. El profesor Ibon Zubian asegura que para Stifter sus obras deben ser leídas como revelaciones morales. La impresión que deja su semblanza es el deseo frustrado de Stifter de convertirse en pintor. Gschaid se ubica en el centro de un valle rodeado de montañas. Tiene una iglesia y una escuela. Como Navidad es una de las liturgias religiosas más importantes, los vecinos se reúnen cuando repiquetean las campanas, atravesando largos caminos de hojas secas para celebrar el Nacimiento del Señor; es también la fiesta social más populosa del valle, ideal para conocer gente y despuntar el vicio del chusmerío en un pueblo donde no pasa gran cosa, las enormes montañas cubiertas de hielo cercan los hábitos y costumbres de los lugareños.

La montaña asfixia, impide el contacto con el exterior, resulta la cárcel enorme donde los personajes cumplen la condena de su existencia, pero al mismo tiempo es el orgullo del pueblo, como si la hubieran hecho ellos mismos. La comparación stifteriana suena exagerada, como otra, donde hay una calma que podría escucharse la nieve posándose en las agujas de los árboles. La exageración es el único medio posible de extremar un recurso hasta agotar su sentido. De la montaña, creación divina del hombre, nacen las historias que cuentan hombres y mujeres, viejos y viejas del pueblo. Quizá Stifter fuera consciente de los distintos niveles en los que se superponían capas de relato. Los personajes crearon la montaña, que a su vez crea las historias del pueblo, contada por un narrador que parece conocer hasta el brillo de los copos de nieve en la noche de la montaña.

En las grandes obras realistas la descripción persigue un movimiento que va de lo general a lo particular. Desde los cielos de la ciudad en la que vive el personaje, pasando por las calles y la agitada vida citadina, hasta llegar a una ventana, una cara o unas manos. El narrador stifteriano se deja embelesar por el curso de las aguas que caen de la montaña y alimentan un lago en la parte alta de sus bosques, y que originan el arroyo que discurre alegre por el valle, que mueve el aserradero, el molino y en el que abreva el ganado. De arriba hacia abajo, la descripción persigue un proceso que fluye. Stifter sabía que podía ser un escritor distinto según el punto de vista que adoptara. El suyo fue la contemplación.

Observó tanto la nieve en un pueblo del sur de Bohemia (informa Google que es una de las tres regiones históricas que integran la República Checa) que la humanizó en su obra. La nieve contempla el verde de los árboles del valle de Gschaid como si tuviera vida. No son los personajes, ajenos a esta humanización de los procesos naturales, los que aseguran que la silueta de un bosque al atardecer puede ser dentado. Es el narrador el que abre los bosques a ambos lados del camino para que los robles y abedules acompañen el paseo de los niños. Para él, el bosque es un cuerpo poroso. El bosque y la montaña, para los personajes, son una fuente de historias, materia prima de comercio y un plano de señales que les permiten orientarse. Un collado -pequeña unión entre dos montañas principales-, un monumento conmemorativo, un prado, una pasarela, pueden mostrar un camino; un perro, una campana, un molino, también pueden servir de guía a la distancia. Las montañas son imponentes no por su tamaño, ya que a lo lejos no son más que elevaciones rocosas del suelo que se extienden sobre el horizonte. La diferencia la establece la distancia.

*Imagen de portada: Cuadro «Le Prince Lointain» de Adalbert Stifter (1805-1868).

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