La isla Sentinel

El escritor Derian Passaglia ofrece a los lectores de El Trueno un inmenso texto sobre el antropólogo Frazer, el tiempo, la magia y los habitantes de la impenetrable isla Sentinel.

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En el culto a los árboles, Frazer distingue tres fases que atraviesa el pensamiento religioso. Para los indios hidatsa de Estados Unidos, en el valle del Alto Missouri, la sombra de los objetos naturales es motivo de culto. Toda planta y árbol tiene un alma parecida a la suya. Cuando el Missouri, crecido por una riada de primavera arrastra parte de sus riberas y algún árbol corpulento cae en el río, se dice que el árbol grita mientras las raíces están todavía agarradas al suelo y hasta que el tronco cae con estruendo a la corriente. La naturaleza está animada en este primer momento, tiene un comportamiento parecido al humano. Esta integración del universo inanimado al universo animado se traslada al lenguaje. En el Perú incaico, la palabra que nombra al oro significa sudor del sol; lágrimas de luna, la que nombra a la plata.

En un segundo momento se produce un quiebre. La naturaleza deja de hablarle al hombre de igual a igual. El árbol ya no es un cuerpo, sino la morada de espíritus. Para obtener la gracia de estos espíritus, los indios de Siao les ofrecen gallinas y cabras que dejan en lugares donde los espíritus frecuentan. El espíritu que vive en el árbol de un bosquecito al costado de la ruta, en Zenón Pereyra, Córdoba, se mete en el cuerpo del hermano de Tomás, según la madre que termina sus días en un manicomio, y lo transforma hasta volverlo irreconocible, hasta el punto de no poder acercarse a él sin sentir escalofrío, en un cuento de Luciano Lamberti. El ser sobrenatural, en este estadío, puede pasear libremente de árbol en árbol, goza de derechos y posesión de todo el bosque, preparando su conversión a dios.

Su figura cambia, y de un ser abstracto que vaga pasa a tomar la forma humana. En una base militar en los confines del mundo, en la Antártida, los personajes carpenterianos dudan unos de otros, se desconfían, se matan entre ellos hasta que al final queda uno solo, Kurt Russell, envuelto en las llamas de un incendio. Se trata de un ser extraterrestre que toma al cuerpo humano como huésped, lo maneja a su conveniencia, tiene la capacidad incluso de destruirlo. Este tercer momento del culto a la naturaleza, encarnado en seres vivos, resulta algo familiar. Una de los más famosos es el de la vendimia, en Mendoza, en la elección de una reina que será el símbolo del cultivo a la uva. A principios de este siglo, o a finales del anterior, conocí por primera vez un pueblo de la provincia. Debe haber sido aquella la primera vez que idealicé un pueblo. La fiesta del pastel que se celebraba en Gouin, Carmen de Areco, fue la excusa para visitar al tío Colorado, hermano de mi abuelo. El Clío modelo 99, único auto cero kilómetro que mi papá pudo comprar alguna vez con el Plan Canje, se aguantó el viaje desde Rosario, unos cien kilómetros por ruta 9 hasta llegar a Ramallo, y de ahí se tomaba un desvío para agarrar la ruta 51. Era uno de los primeros viajes largos del Clío. El color del auto lo elegí yo en la concesionaria: un verde oscuro brillante. Más que el Clío mismo, lo que me gustaba del auto era la publicidad que pasaban en la tele con su estética camp de videoclip. Un hombre maneja en la ruta a toda velocidad en una autopista que rodea un monte. En una curva demasiado pronunciada, a dirección contraria, aparece un camión. Está oscuro. El camión toca bocina, las luces altas ciegan al hombre, que se tapa los ojos con las manos. Van a chocar, es inminente, no hay escapatoria. Pero el tiempo se para, y el camión y el auto quedan flotando en el espacio, en el momento previo al desastre. Al hombre se le presenta el diablo. El pelo largo, lacio, negro, la mirada también negra. Viste un traje bordó. El diablo le ofrece salvarle la vida a cambio de su alma. El hombre se ríe, seguro de sí mismo, está manejando un Clío. No parece dispuesto a transar. Pasado de rosca, enfurecido, el diablo le dice que no sabe nada de la vida y se esfuma en la noche, gritando de dolor, después de que el hombre diga:

-Sos vos el que no sabés nada… De autos.

El tiempo vuelve a su curso cronológico y lineal inevitable. El hombre, rápido de reflejos, mete un cambio y pega un volantazo. El camión queda atrás, está vivo y burló al diablo.

Con menos épica tal vez, el Clío atravesó un largo trecho de camino de tierra donde lo único visible al frente era el polvo volando al viento. Polvo, piedras y sol. Al costado del camino, la planicie verde. Polvo, piedras, sol y planicie verde. Cada tanto, el cielo deslumbraba con su azul. Si el tiempo se hubiera parado y un diablo autóctono, pañuelo al cuello y poncho sobre los hombros, se le hubiera aparecido a mi papá para ofrecerle pavimentar la ruta a cambio de su alma, seguro que tampoco habría cedido a la tentación. Ningún cartel nos daba la bienvenida al pueblo y las calles, como en la ruta, eran de tierra. Lo formaban un puñado de manzanas y no había plaza principal. Gouin era más chico incluso que mi barrio. De techos bajísimos, frentes donde el pasto no crecía y unas cuantas plantas desparramadas acá y allá que cortaban el color oscuro de la tierra húmeda, las casas parecían precarias, sostenidas apenas por hilos invisibles en el suelo. El despojamiento no era una consecuencia de la desidia, sino un estilo de vida visible detrás de esas puertas bajas de hierro. Una vida simple, inconcebible para mí hasta ese momento, alejada del ruido de bocinas y alarmas y ambulancias y puteadas de ventanilla a ventanilla. Al tío Colorado no se le borró la sonrisa en todo el día. Hubo un desfile de caballos y jinetes en la calle, que marchaban imperiales ostentando su belleza rústica, y hubo una fila de puestitos de feria que vendían productos regionales. Durante toda mi vida, hasta el día de hoy, traté de buscar el gusto de un dulce de leche parecido al que probé aquella vez, que venía en un pote de cartón de un kilo. Un dulce de leche con la consistencia suave de una crema que no empalagaba ni con un montón de cucharadas zampadas directas desde el pote. Desde aquel día que vivo con la esperanza de olvidar ese dulce de leche, de encontrarle un reemplazo… ¿Tan rico era que ni el Cachafaz o el San Ignacio, por poner dos ejemplos de calidad, se le acercan? ¿Aquel gusto, aquel placer único y desmedido que dejó una impresión imborrable no me lo habré inventado?

Que este recuerdo sea real y haya tenido lugar en algún pasado remoto a fines de los noventa, pero que también podría situarse a fines de los ochenta, a fines del siglo XIX, o en otro pueblo de un universo con leyes distintas, en otro tiempo, en otra forma de concebir al tiempo, y que le haya pasado a un pibe común y corriente que jugaba a la pelota, que provenía de una familia de clase media trabajadora, lo reviste de una sensación mágica de intemporalidad, como si las cosas tuvieran que haber pasado de esta manera, una cosa que llevó a otra y se fueron encadenando con independencia de la voluntad hasta llegar a este momento que se muerde la cola, donde escribo este recuerdo sospechando de mi propia memoria. La marca del dulce de leche regional me resulta totalmente desconocida, si lo pienso bien incluso el propio gusto se borró del paladar y solo permanece una imagen, la imagen de un pote de cartón, el color del dulce de leche como la tierra, la imagen de mí mismo en un estado de placer nuevo, en el momento exacto de iluminación, parado frente a la heladera para buscar otra cucharada, en que se accede a la conciencia de una experiencia transformadora. Eso es más bien lo real y eso es también la magia. Con aquel recuerdo, inventado o no, comparo inconscientemente cualquier dulce de leche que como, y por más rico que sea el que tengo enfrente siempre me digo, siempre me justifico del porqué ninguno me satisface del todo: no es como el dulce de leche que probé una tarde de sol hermoso en un pueblo ignoto de la provincia de Buenos Aires.

Un último ejemplo donde la magia se produce a partir de una distorsión del tiempo provocada por la distancia, por un punto del espacio cualquiera desde el cual se observa un objeto. En la isla Sentinel del Norte, ubicada en el golfo de Bengala, que es parte de las islas Andamán, un archipiélago de más de trescientas islas pertenecientes a la India, el tiempo no existe para la tribu más aislada del planeta. Los indios de Sentinel del Norte no saben prender un fuego ni conocen la agricultura. Cada vez que algún misionero entusiasta o un antropólogo loco se acerca a la isla, una lluvia de flechas les da la bienvenida. Dos pescadores aburridos atravesaron los arrecifes que rodean la playa y se aventuraron a la costa. Los indios empalaron sus cuerpos y clavaron sus cabezas en picas. Los cuerpos nunca pudieron recuperarse porque cada helicóptero que intentaba el rescate era ajusticiado debidamente con flechas. La escasa comunidad de sentineleses, que ronda los cien, venció al poder de un Estado: el gobierno de la India prohíbe cualquier contacto con los salvajes y se desliga de las responsabilidades civiles más allá de la isla. La última fortaleza de Satán llamó John Allen Chau a la isla, misionero asesinado por sentineleses, víctimas favoritas de estos salvajes.

Una de las pocas imágenes en movimiento que registra un contacto entre la civilización y esta barbarie es quizá reveladoras del modo en que la supuesta civilización se representa la supuesta barbarie. Desde un barco tímido que orilla la playa, dos o tres hombres con chalecos exploradores tipo boy scouts, tiran cocos al agua. Los indios e indias más valientes y curiosos miran con lanzas en la mano desde la arena. Uno de ellos, alto y musculoso el pecho, se moja hasta las rodillas y avanza desafiante mientras camina hacia los cocos. Una sentinelesa, desesperada, lo va a buscar y lo agarra de la mano para llevarlo de vuelta a la isla. Él no gira para mirarla pero se deja arrastrar suavemente sin bajar el tono agresivo de sus ojos negros. El gesto de la india me conmueve, reconozco un sentimiento aprendido de la tradición. Finalmente el indio está en la playa de vuelta con las manos vacías, los cocos flotan sobre la marea. En su lugar, yo les hubiera llevado pizzas de Las Cuartetas y cervezas Santa Fe.

Una certeza desconocida los mantiene unidos a la isla. Custodian las costas desde hace sesenta mil años. ¿Qué creencia antigua los retiene entre ese cerco de agua y cielo? Cero resultados tira Street View para esta área. A medida que las yemas se deslizan sobre el mapa en la pantalla, el cuadrado verde que es la Isla Sentinel del Norte se transforma en un puntito que desaparece en el azul del golfo. Largas palmeras cuyos frutos son ofrendas. Nubes cargadas de electricidad posibilitan la lluvia, y la lluvia convoca rayos, un regalo del cielo para que se manifieste el fuego en las hogueras que los sentineleses cavan al pie de sus chozas. Estos procesos naturales se conectan por hechos que no confluyen en causas científicas, pero no sabemos si su razonamiento procede con lógica matemática, física, mecánica o mágica. En este rincón del espacio, el tiempo debe medirse de otra forma. Solo para el civilizado permanece inalterable, el truco oculto bajo la manga de los indios, entre arbustos y palmeras en un punto verde del mapa que desaparece en las yemas de los dedos a medida que se deslizan en sentido contrario.

 

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