Ignacio A. Pane: un vanguardista de las luchas sociales en Paraguay

Se cumplen 140 años del nacimiento de una figura prominente de la historia: Ignacio A. Pane. Promovió tempranamente la ley de ocho horas de trabajo y el voto femenino. Denunció antes que Barret el drama de los “mensú” y reivindicó la figura de Francisco Solano López. Desde el Trueno reivindicamos su figura y le rendimos un homenaje en esta fecha.

El 31 de julio de 1880 –hace 140 años- nacía en Asunción uno de los hombres más excepcionales de una generación excepcional que floreció en los escombros de la Guerra contra la Triple Alianza: Ignacio Alberto Pane.

Fue un miembro distinguido del “Novecentismo” –“el pequeño pero brillante grupo de intelectuales”, como lo definió Augusto Roa Bastos- que también estuvo integrado por Manuel Domínguez, Cecilio Báez, Ricardo Brugada, Blas Garay, Teodosio González, Eusebio Ayala, entre otras figuras fulgurantes.

Pane se distinguió por ser un hombre intelectualmente inquieto y se ubicó, como fiscal, legislador y académico, en la vanguardia de las luchas sociales en el Paraguay. Ya muy joven sobresalió en dos causas: la denuncia del oprobio de los “mensú” en lo que hoy constituye el Alto Paraná –incluso antes de que el propio Rafael Barrett lo hiciera-, y en la reivindicación de la memoria de Francisco Solano López, cuya figura se encontraba por entonces declarada “fuera de la ley”.

Hombre de convicciones fuertes, no pertenecía por entonces a ningún partido político de la época. No era de abolengo republicano –como entonces se llamaba al Partido Colorado- ni obtuvo su libreta de afiliación a los 14 años. Muy por el contrario, fue el fundador de aquella nucleación, Bernardino Caballero, quien lo invitó formalmente a integrarse a las filas del republicanismo.

En 1908 publica su “Credo Republicano”, en el que llama a “expurgar errores” del partido Colorado y a transformarse en el abanderado de la “clase obrera y los pobres”.

A comienzos del nuevo siglo traba amistad con Enrique López Lynch y Juan Emiliano O’Leary, con quienes funda el diario “La Patria”, uno de cuyos principales objetivos era reivindicar la memora de Francisco Solano López, por aquel entonces denigrada y proscripta. Vale la pena recordar que en la época llegaban incluso a celebrarse Te Deum en la Catedral de Asunción para “celebrar” su muerte, el 1º de marzo de cada año.

En 1911 comenzó su carrera parlamentaria. En este ámbito su labor fue prolífica, y estuvo marcada por el impulso de proyectos de ley con marcado énfasis en la protección social de los trabajadores y los menos favorecidos.

En este sentido, fue un adelantado en casi todos los temas sociales: en 1911 presenta un proyecto de ley para que los obreros trabajen 8 horas; ese mismo año, ni bien ingresado al Congreso, propone el derecho de las mujeres al voto (que recién será aprobado medio siglo después). Ambas iniciativas son rechazadas por la mayoría liberal.

De esa época como congresista, reseñó su adversario político, el liberal Justo Pastor Benítez: “Su talento despedía chispas. Nunca floreció tanto como en el Congreso en el periodo 1916-1918. Él sólo constituía la oposición; su banca era un baluarte, una tribuna de pensamiento y de censura”.

Pane ha sido igualmente un intelectual de fuste. Fue el primer paraguayo en publicar un libro de poesía, en 1900. En 1917 presentó “Apuntes de Sociología”, de 242 páginas, libro de texto de la Facultad de Derecho, de la que se convirtió en profesor a propuesta de Eusebio Ayala. Este escrito fundamental, aún hoy puede obtenerse en librerías asuncenas.

La muerte, desgraciadamente, truncó su lucha y sus proyectos. Falleció con tan solo 39 años, el 10 de marzo de 1920. Su pérdida fue lamentada por igual en diarios oficialistas y opositores. Hombre integérrimo, Pane encontró la muerte de forma modesta, sin riquezas ni vastas propiedades.

El propio Congreso conformó una comisión que recaudó fondos para colaborar con su esposa e hijos. Allí estuvieron palmo a palmo liberales y colorados, desde Gerónimo Zubizarreta y Antolín Irala, hasta Félix Paiva y Francisco Rolón.

“No dejó más que el recuerdo de sus virtudes y el prestigio de su nombre”, publicó un diario de la época.

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