Los ilotas rojo y azul de Rufino Villalba

Paranaländer dedica su columna a hablar del periodista Rufino Antonio Villalba (1876-1923) , fundador del semanario bilingüe Rojo y Azul y de otras publicaciones que llevó adelante durante tiempos políticamente muy tormentosos de nuestro país, en la primera mitad del siglo XX.
Por: Paranaländer

Rufino Antonio Villalba (1876-1923) fundó en diciembre de 1905 -tras comprar una imprenta- el famoso semanario bilingüe Rojo y azul, en el cual contrató al periodista mejor pagado de la época, Rafael Barrett (1876-1910), y que tenía sus caricaturas coloreadas en los dos colores que dan gracia hasta hoy al título, realizadas por Alfredo da Ponte y su hijo Héctor, otros dibujantes argentinos, y Miguel Acevedo (1890-1915), el malogrado dibujante de la generación de la revista Crónica (Guillermo Molinas Rolón (1892-1945), Leopoldo Centurión (1893-1922), Roque Capece Faraone (1894-1918), Pablo Max Insfrán, (1894-1972), casi todos fatalmente destruidos por el alcohol, la morfina y la tuberculosis.

El año del giro político es 1904 y, a lo largo de 35 años hasta el golpe del coronel Franco, se sucederán gobiernos liberales de una fracción a otra turnándose en el poder, casi todos efímeros, por medio de golpes, asonadas, conspiraciones, en un régimen de impermanencia diametralmente opuesta a los 35 años de Stroessner (se dividieron sucesivamente en cívicos, radicales, jaristas, rojistas, gondristas, schaeristas y guggiaristas). En 35 años el país sufrió 21 revueltas y cuartelazos. Se sucedieron 22 presidentes de la república. Caras y caretas se burlaba así de nosotros: “Un vendedor para ser más persuasivo decía a su cliente: ‘Compre, señora, este ventilador. Es excelente, da por minuto más revoluciones que el Paraguay”, en Sánchez Quell entrevistado por Seiferheld.

En ese contexto se movió Rufino Villalba, profesor nacido en Caapucú, del gremio de linotipistas, periodista de medios de prensa tanto del interior, donde se exiliaba momentáneamente, como El Municipio de Concepción, o la asuncena de El enano (clausurado por las autoridades de entonces), político liberal, diputado por ese partido (1912), es decir que su fortuna eran su semanario con sus auspiciantes nada más para poder pagar el caché internacional llamado Barrett, sobrevivir otro exilio, esta vez en las provincias argentinas más cercanas, y, finalmente, morir en 1923.

Villalba dejó, además de una docena de hijos, algunas publicaciones con su amigo Rosicrán (1876-1954, autor de Ocára Poty -al decir de Meliá, el libro iniciador del guaraní moderno-, donde colaboró con poesías y una “Guía ortográfica y prosódica del idioma guaraní”) sobresaliendo de entre ellas el libro caricaturo-tipológico nacional llamado Tipos y caracteres (1910, con prólogo de Manuel Domínguez, que lo cataloga de “altruista, activo, diligente, útil”). Tanto esta obra (reedición 2014) como Semanario Rojo y Azul. Álbum Gráfico Histórico1905-1914 (2012, recopilaciones con todo el bagaje de dibujos, publicidad, retratos y grabados, primer tomo) fueron recientemente reeditados por Mara Raquel Villalba, descendiente del ilustre periodista de soberanos mostachos que nosotros hoy meras sombras entre las fata morgana de los algoritmos jamás podremos osar portar.

Los ilotas en Esparta eran esclavos sin ciudadanía, siervos de la tierra según la norma establecida por el legislador Licurgo. En el texto de Rufino Villalba, que lleva por título El ilota guaraní, página 84-89 de la reedición de Tipos y caracteres, tal concepto jurídico espartano es reactualizado con tres ejemplos vernáculos (de las ciudades de Limpio, Pirayu y Mbuyapey). Sus campesinos analfabetos son convertidos en víctimas sempiternas por los letraditos y ganapanes burocráticos de las ciudades. La impronta liberal le asoma, al final, cuando compara a sus ilotas de tierra adentro con la semi barbarie de nuestros indios, según lo hallaron los civilizados españoles de la conquista. Pero bueno, hay que rescatar que hoy de nada sirve estar o no alfabetizados, ser indios o proletarios, toda una caterva de letraditos virtuales y tecnológicos nos siguen reduciendo indefectiblemente a todos, urbanos y campañeros, al ilotismo posindustrial.

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