La maquina de hacer paraguayitos

Derian Passaglia comenta la obra del escritor Washington Cucurto, poniendo el foco del análisis en el lugar que ocupa la inmigración respecto de la literatura argentina.

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Por: Derian Passaglia

Hasta Washintong Cucurto en la literatura argentina no había paraguayos. No había, aclaro, en los títulos, como tituló a uno de sus libros de poemas: La máquina de hacer paraguayitos (2005); una máquina que hace pensar en esa otra de Levrero, La máquina de pensar en Gladys. El libro de Cucurto no es un caso aislado, y se podría pensar esta irrupción dentro de un tópico más amplio como es el del inmigrante en la historia de la literatura en el país, y que es constitutivo de su esencia misma y de la idea de construcción de una nación. Los inmigrantes que pedía Sarmiento para poblar la Argentina debían ser franceses y alemanes, no españoles e italianos, como finalmente fueron. Lautaro, mi amigo historiador de apellido alemán, hincha del club de moda River Plate, me dio una definición: Sarmiento es el Baby Etchecopart del siglo XIX; en la muñeca tenía un talento inusual para escribir tramas políticas de inspiración policial, agregaría yo. El Martín Fierro está lleno de gringos, pulperos y comerciantes que la voz octosilábica del poema desprecia. El inmigrante fue desde siempre un problema, un caso, y se lo construyó como lo otro, como aquello que no es uno, lo distinto, lo extraño, lo raro.

Mi inmigrante favorita de la literatura es Medea. Traicionando a su padre, el rey Etes, ayuda a Jasón a escapar de la Cólquide en un barco. En el medio del viaje, en una cueva, se casa con Jasón, y se van a vivir a Corinto. Ahí tienen dos hijos, pero Medea nunca es vista como una igual para los habitantes de Corinto, tierra de donde es originario Jasón. Está sola en ese lugar y tiene tres contras: es bárbara, es mujer y es medio bruja. Para colmo Jasón la engaña con Creúsa, hija de Creonte, rey de Corinto. ¿Qué hace Medea, sola y sin un amigo en Corinto, luchando contra todas las adversidades? Se venga matando a sus hijos, los hijos que tuvo con Jasón, y al final sale volando en un carro alado, en la versión de Eurípides, en una escena tirada de los pelos, ayudada por el recurso del deus ex machina, al mejor estilo César Aira.

El año anterior a la publicación de La máquina de hacer paraguayitos se estrenó la película Cama adentro, protagonizada por Norma Aleandro. La recuerdo mal, hay una inmigrante paraguaya trabajando para una señora paqueta, y toda la peli pasaba en la casa, la trama se construye alrededor de la relación entre estos dos personajes. La paraguaya era servicial, obediente, sumisa, tal y como existe en el imaginario argentino. Wikipedia informa que la peli se ambienta en la crisis del 2001, ganó un premio en Sundance, y trata de esta señora de plata que no puede pagarle a la empleada doméstica. Los inmigrantes, como Medea, como la paraguaya de Cama adentro, están siempre en una posición -social, económica, incluso lingüística- de inferioridad con respecto a los ciudadanos nativos.

Nada de esto pasa en La máquina de hacer paraguayitos. Recuerdo ahora, al pasar, otra paraguaya: la Cuñataí Güirá, una chica de pelo corto que maneja una ithaca y que no se le entiende nada porque solo habla guaraní. Es brava la Cuñataí Güirá, y es uno de los personajes principales de Kryptonita, la ucronía de Leonardo Oyola, cuyo argumento se imagina a partir de una pregunta sencilla: ¿qué hubiera pasado si los superhéroes de La liga de la justicia habrían nacido en el partido de La Matanza? La Cuñataí Güirá es una versión local de la Chica Halcón. En La máquina de hacer paraguayitos los inmigrantes viven de joda, andan siempre bailando cumbia, y hay primas de dominicanas libidinosas, y van al “yotibenco”, donde hay escándalos y billetes y cerveza. La marginalidad se celebra en una fiesta que parece eterna. La máquina de hacer paraguayitos desplaza el lugar que tuvieron los inmigrantes en la literatura argentina: ya no despreciados por gauchos matreros, ni en papeles secundarios en mansiones de ricos; ahora son verdaderos protagonistas, partes integrantes de la comunidad, si bien forman, todavía, una comunidad aparte,  lingüísticamente cerrada y con sus propios códigos.

Uno de los mejores poetas contemporáneos del ambiente literario local, Oscar Fariña, nació en Paraguay y es hijo de paraguayos. Escribió El guacho Martín Fierro, una obra maestra donde reversiona en clave tumbera el poema nacional de José Hernández. Empieza así: “Acá me pongo a cantar / al compás de la villera / que el guacho que lo desvela / una pena estraordinaria / cual camuca solitaria / con la kumbia se consuela”. Quizá uno de los mayores aciertos de Cucurto haya sido la de incorporar voces que no tenían lugar y haya habilitado nuevos modos, registros y experiencias de la inmigración en la literatura argentina.

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