El terrorista del agua de rosas: Hérault de Séchelles 1759-1794

En el envío de hoy, Paranaländer explora la figura de Marie-Jean Hérault de Séchelles (1759 -1794) -noble francés, masón, amante de las cultura y bonvivant– quien participó de la toma de la Bastilla y fue parte de la Revolución Francesa, llegando incluso a redactar la primera Constitución republicana.

Por: Paranaländer

Le terroriste à l’eau de rose (Sur Hérault de Séchelles). El terrorista del agua de rosas lo llamó en El encanto de los pensadores tristes (2013), Frédéric Schiffter, nuestra fuente principal para perfilar a este oscuro autor. Un epicúreo bajo el terror.

La mayoría de las personas que participaron en la revolución lo hacen por interés propio, o, al parecer, pero me cuesta creerlo, por convicción. Algunos lo hacen por aburrimiento. Este será el caso de Marie-Jean Hérault de Séchelles, y sin duda esta es la razón por la que los libros de texto de historia lo rechazan, quien, sin embargo, será dos veces presidente de la Convención y redactará la Constitución del año I.

Bajo el Antiguo Régimen, este primo de la duquesa de Polignac, íntimo amigo de María Antonieta, tenía dieciocho años cuando se convirtió en abogado en el Châtelet donde no defendió otra causa que la suya propia, la de un joven aristócrata bien formado, elegante, libertino y letrado. Admirador de Buffon, lo retrató en un folleto titulado Voyage à Montbard, un viaje que algunos piensan que fue imaginario. Unos años más tarde, para recompensarlo por todas estas cualidades de las que estaba enamorada, la Reina lo nombró Abogado General en el Parlamento. Siempre con la mayor facilidad, impulsado por Mlle Clairon, actriz de moda, que Hérault extenderá su audiencia desde el tocador hasta la sala del tribunal y ganará el favor de un público femenino cada vez más numeroso: caldo de cultivo de sus amantes a quienes rociaba con perfume de rosas antes y después del amor. Esta manía, que lo haría bastante famoso en círculos galantes, le valió el apodo de «amante del agua de rosas».

Luego llegará el momento del lío plebeyo. Al mismo tiempo que la monarquía, la gente querrá abolir la realeza de los buenos modales. Hérault se adaptará a su manera a esta nueva moda. La revolución promete ser divertida. Sería una oportunidad para que él ponga a prueba su apología de la máscara fuertemente inspirada en los tratados de Baltasar Gracián, que escribiera uno o dos años antes entre dos cenas pequeñas y sin otra razón que «para hacer reír a uno mismo». Breve y contundente, el folleto destaca con su cinismo entre las publicaciones morales y políticas de este fin de reinado. Por eso mismo pasará desapercibido y presumiblemente Kant y Benjamin Constant lo ignorarán cuando discutan sobre el «derecho a mentir por la humanidad». La máxima cardinal de la obra se recoge en un pareado:

El personaje es lo que nos agrada y sorprende,

Todo el encanto se destruye si ves a la persona.

En 1789, Hérault participó en el asalto a la Bastilla. Sin duda encontrará a Chamfort allí, y ambos estarán a punto de liberar al marqués de Sade, trasladado diez días antes a Charenton. La insurgencia no lo apartará de la vida social. Lo veremos frecuentar el salón de Madame de Staël y el de Manon Roland (la revolucionaria girondina sería decapitada un año antes que el libertino). “Todos estos chicos guapos me parecen pobres patriotas» -señala la Roland en sus Memorias escrita durante los cinco meses que pasó encarcelada antes de su muerte-, “parecen amarse demasiado a sí mismos como para entregarse a los asuntos públicos”. Mientras tanto, en la primavera de 1793, la Convención de Montagnarde encargó a Hérault y Saint-Just la redacción de la legislación más atrevida de Francia en términos de igualdad social. Ésta será la Constitución del Año I, que Robespierre se apresurará a enterrar. En este nuevo teatro de ambiciones donde los plebeyos se vengan, el playboy de la Revolución causa envidia. Demasiado señor para condenar ciegamente a la nobleza, demasiado sibarita para arrodillarse ante el Ser Supremo -por provocación, Hérault continuará celebrando las fiestas de la Razón-, demasiado bueno, finalmente, para abdicar del privilegio de seducir, molesta al puritanismo rousseauniano de Robespierre que lo mandará tras bambalinas con otros cabezas de cartel: Danton, Fabre d’Églantine, Desmoulins. Saint-Just no perdonará al frívolo cheto por ridiculizarlo: al redactar la Constitución, Hérault lo enviará a la Biblioteca Nacional para encontrar el código de leyes de Minos. En estos tiempos difíciles de inmensa destrucción y angustia extrema, burlarse de un amigo del pueblo no es el menor de los peligros.

Un testigo llamado Arnault que sigue el carro de camino a la guillotina describe su calma como indiferencia mientras la de Danton como desdén.

Como modelo de Julien Sorel, Stendhal toma a Hérault, así el dandy trágico es guillotinado dos veces.

Una novela de Jérôme Garcin puede ayudar a conocer mejor su vida: C’était tous les jours tempête (Folio, 2002).

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