Apuntes discontinuos sobre algunos libros de Borges

Para todos los lectores de El Trueno, Derian Passaglia escribe hoy sobre algunos libros de Borges, considerados como más laterales y menos conocidos.

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 Por: Derian Passaglia

 

Otras inquisiciones (1952)

De una literatura provincial a una literatura mundial que tuvo resonancias e influencias en escritores de todos los continentes (o de todos los continentes de los que leí escritores): nada más ni nada menos que eso representa Borges para este pobre, pretencioso, olvidado país. Estos ensayos hablan de cómo leía Borges. Chesterton, Wells, la filosofía occidental, Kafka, el Wakefield de Hawtorne, la prosa inglesa, la cosmogonía persa, Coleridge, las escrituras sagradas, la idea de que toda la literatura pudo haber sido obra de un solo hombre. Sus obsesiones, objetos de estudio, sus análisis, revelan en realidad el escritor que es.

Por ejemplo, en un ensayo sobre Quevedo, reproduce una idea que usó para escribir “Pierre Menard, autor del Quijote”: “Quevedo ha sido equiparado, más de una vez, a Luciano de Samosata. Hay una diferencia fundamental: Luciano al combatir en el siglo II a las divinidades olímpicas, hace obra de polémica religiosa; Quevedo, al repetir ese ataque en el siglo XVI de nuestra era, se limita a observar una tradición literaria”. Menard, el escritor olvidado que volvió a escribir el Quijote palabra por palabra tres siglos después, y al hacerlo creó un nuevo texto, también se limita a observar una tradición literaria. El narrador de ese cuento señala el uso de un determinado procedimiento literario por parte de un escritor ignoto.

El Borges ensayista y el Borges cuentista, en algún punto, se parecen y se confunden porque el Borges lector produce al mismo tiempo una escritura sobre aquello que lee, como si al leer estuviera siempre transformando un texto, dándole un nuevo sentido, utilizando técnicas lectoras novedosas, como el “anacronismo deliberado” de Menard con el Quijote.

Después está su toque personal, su rasgo distintivo. ¿Por qué nunca, nadie, jamás, va igualar a Maradona, ni siquiera Messi? Porque tiene eso que otros no tienen: un carácter explosivo, una enjundia sobrehumana, la capacidad de irradiar energía, de caerse y levantarse, de volver a ser; Maradona es una “fuerza de la naturaleza”, como alguna vez leí que hablaban de él en una red social. La comparación me parece que vale desde el momento que vos podés ser un genio, un crack total de la literatura, un laborioso (me encanta este adjetivo borgeano) y dedicado ejecutor de argumentos, pero si no tenés el sello distintivo, si no tenés eso que te vuelva diferente, vas a ser solo bueno, o muy bueno, o excelente, o por qué no, uno de los mejores de la literatura mundial. Pero nunca el Número Uno, como Borges, como Maradona.

Ese plus en Borges es su prosa, su ingenio de repente irónico, de repente generoso, de repente sensible. Borges dice en estos ensayos que la fe católica es un conjunto de imaginaciones hebreas supeditadas a Platón y a Aristóteles. Dice que un credo es el último término de una serie de procesos mentales y emocionales de un hombre. Dice que a Valéry y Whitman los une el hecho de haber construido una obra que es menos preciosa como poesía que como signo de un poeta ejemplar. Dice que Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero que éste modifica y afina la lectura de Wakefield. Dice que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, y que nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios. Dice que los españoles hablan en voz más alta que nosotros, con el aplomo de quienes ignoran la duda. Dice que para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. Dice que Oscar Wilde es un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas y metáforas. Dice que la música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; dice que esta inmanencia de una revelación, que no se produce es, quizá, el hecho estético.

El informe de Brodie (1970)

Esta serie de cuentos son como los de un Borges residual, viejo y mañoso. Tiene los motivos y las pasiones de los primeros años: los orilleros, peleas entre malevos, personajes históricos. No están mal, pero la mayoría repite no solo el tema, sino también la forma de contar: alguien le refiere al narrador una historia. Sin dudas, el cuento que da título al libro es el mejor, saca a relucir el Borges de los años 40, el que te hacía creer, como en este caso, que era posible encontrar el manuscrito de un cronista de indias entre las páginas de un libro de su biblioteca que habla de una extrañísima lengua aborigen.

III. El otro, el mismo (1964)

Borges es un típico poeta virginiano: meticuloso, trabajador, obsesivo. Sus poemas son maquinales, demasiado conscientes de su brillante y pura construcción; tal vez por eso sea difícil sentir emoción alguna más que la admiración por su flow al versificar. Hasta cuando habla de amor, del recuerdo, de una experiencia vívida, lo hace con la correspondiente distancia estética, sin despeinarse. Le cuesta el arrebato, es un señor que nació ya viejo, reumático, para contemplar cómo los otros viven y él se dedica a los libros. En fin, pareciera que lo estoy matando, pero no, lo quiero mucho, por eso puedo hablarle así, sé que tiene un talento impresionante para la poesía. Escribe sonetos con una facilidad autosuficiente. El problema es, creo yo, la empatía, esa palabra de moda: es difícil acercarse de otra manera a sus versos, como un igual. Borges se aleja con su musicalidad prefabricada de pensamiento abstracto, antepasados, calles perdidas y lejanas en el tiempo de Buenos Aires, dedicatorias a filósofos y poetas menores. Los dos o tres poemas a poetas menores me parecen sintomáticos: para mí Borges sabe que él mismo es un poeta menor (por más que escriba bien, mucha gente puede escribir bien, la cosa es hacer con eso algo nuevo o propio como lo hizo en sus cuentos) y en algún punto se los escribe también a sí mismo.

Luna de enfrente (1925)

Entiendo que en Fervor de Buenos Aires, el primer libro que publicó cuando apenas contaba con cariñosos veinticuatro años, Borges se probaba a sí mismo a ver si podía ser un vanguardista llano. En estos poemas de su segundo libro continúa la misma línea. Admiremos el título: luna de enfrente. La luna es el símbolo romántico por excelencia, pero hete aquí que Borges la baja: a la luna ya no se la contempla en lo absoluto suspirando como un romántico empedernido. Ahora cruzás la calle, comprás un kilo de pan y de paso saludás a la luna. La baja al barrio. Como intento es bueno, muy bueno, y los poemas mantienen un poco esta línea (“soy re romántico y clásico pero soy de barrio, de los orilleros, de Palermo, ¿o te pensas que solo leo libros?”). De todas formas no voy a ser yo el que le recomiende a Jorge Luis que si quiere romanticismo barrial en serio sintonice algún dial en una fm santafesina donde pasen Leo Mattioli o lea los poemas de Mariano Blatt, que le convidaría porro a la luna. Él sabrá cómo hacerlos barriales, y lo hace a su modo, pulcros, sin ensuciarse en el barro un día de lluvia en el campito, con versos como “ya se le van los ojos a la noche en cada bocacalle / y es como una sequía husmeando lluvia”. Otro: “mis años recorrieron los caminos de la tierra y del agua / y solo a vos te siento, calle dura y rosada”. Casi como un tangazo. Sus poemas son perfectas máquinas musicales, como si su emoción fuera demasiado calculada o contenida como para desbordarse. La confesión que hace en el prólogo parece reveladora: a estos poemas, dice, los siente ajenos. Son poemas porteños, de clase media venida a menos, caprichosos, familiares. «Soy hombre de ciudad, de barrio, de calle: / los tranvías lejanos me ayudan la tristeza / con esa queja larga que sueltan en las tardes». No te creo, Borges, para nada; pero qué lindo suena, ¿no?

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