Odiar esta vida del Caraco

 

Paranaländer presenta a Albert Caraco (Estambul 1919, Paris 1971), escritor y pensador franco-uruguayo, exiliado en Montevideo durante el nazismo, quien produjo una obra tan prolífica como ignorada, debido, quizás, a la extemporaneidad de su pesimismo y nihilismo en el medio académico francés de la posguerra.

Por: Paranaländer

“Su amor por la vida me recuerda la erección del ahorcado. «

Albert Caraco

El encanto de la histeria apocalíptica en forma de imprecación furiosa mezclada con espasmos de náuseas. Albert Caraco en su Breviario del caos:

“Aplaudo la profanación de la ecúmene, el envenenamiento del aire, la contaminación de ríos y océanos, el agotamiento de la tierra, la muerte por hambre, sed y horrores de la asfixia, lo único que falta en la mesa es la cancerización de plantas, animales y humanos por una epidemia universal y que no es nada improbable, me olvidé de la impotencia y la esterilidad”.

“Durante su vida, su nombre permaneció desconocido para el mundo literario -salvo Raphaël Sorin y, también, Louis Nucéra, que evoca a Caraco en Mis puertos de origen– y, hoy, circula con los de Ladislav Klíma y Otto Weininger en un circuito muy cerrado de coleccionistas de monstruosidades filosóficas. Cuando examino las estanterías de las librerías y las de las bibliotecas públicas o privadas, no veo ni uno solo de sus libros. Y cuando pregunto el motivo de su ausencia, me dicen que nada se sabe de este Caraco cuando es el mayor genio del odio” (El encanto de los pensadores tristes, Frédéric Schiffter, que es nuestra biblia para perfilar escritores de este talante no popular).

En el placer de odiar, William Hazlitt señala que «odiamos a nuestros viejos amigos, odiamos nuestros viejos libros, odiamos nuestras viejas opiniones y al final llegamos a odiarnos a nosotros mismos». Caraco, quien se negó a negociar la amistad y el amor de tal manera que vivía como un «hombre amurallado», primero comenzó a odiarse a sí mismo, una enemistad que pronto y definitivamente extendió al resto de los vivos – excepto gérmenes y virus.

La sexualidad obsesionó a Caraco. Le dedicó un volumen sustancial, La Lujuria y la Muerte, pero, sobre todo, un “Suplemento de Psychopathia sexuales”, un tratado escrito por un comité internacional de falsos psico-sexólogos, que enumera, como sugiere su título, varios casos de pervertidos, entre los que, además de la ninfómana, el zoófilo o el sádico, examina al cristiano de izquierda.

En medio de la moda existencialista, Caraco permaneció insensible tanto a la idea de lo absurdo como a la de contingencia que consideraba insípida y falsa para caracterizar el horror de vivir. El estudiante de doctorado que se aventura a encontrar qué filósofo habría marcado a Caraco se sorprendería de no encontrar una pista precisa y, a pesar de su parentesco de pensamiento con Schopenhauer, ni la más mínima referencia al maestro del pesimismo. Deseoso de esculpir el busto del Único, elige no llevar ninguna espiritualidad que no sea la Gnosis, aunque sea «pelota», cuya grandeza, a diferencia de las ortodoxias dominantes, es enseñar a los humanos que el mundo es obra improvisada de un demiurgo maníaco-depresivo donde el infierno precede a su muerte, lo único que los libera de él.

Léon Bloy esperaba la salvación del cristianismo a través de los judíos, Caraco una apaciguamiento de nuestro declive por el sionismo.

Rechazado de los tableros de lectura de la edición francesa, publicado amablemente pero a escondidas por una casa de Lausana y relegado así a la indiferencia periodística, Caraco fue el efecto de un apátrida en la república de autores. Un marginado. “Pascal dijo que la mayor persecución es el silencio […]. Soy por tanto una persona perseguida, los intelectuales de este país sienten al leerme -porque muchos me han leído- que mi presencia los amenaza, bastaría que los jóvenes descubrieran mi obra y la suya caería en la nada».

Nació en Constantinopla en 1919, se suicidó en París en 1971. Se refugió con su familia durante la Segunda Guerra Mundial en Montevideo, avenida Mariscal Estigarribia número 924.

Editó un par de libros en Buenos Aires.

 

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