Relatos completos de Franz Kafka- Primera Parte

Derian Passaglia escribe sobre los Relatos completos de Franz Kafka, abordando los temas más conocidos del célebre escritor.

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Por: Derian Passaglia

Otra de las cosas que hice durante la cuarentena fue leer los Relatos completos de Kafka en la edición de tapa roja y letras amarillas, que ahora que lo pienso tiene un aire comunista, de la editorial Losada. Siempre quise tener esa edición que se la vi una vez, hará diez años, a mi amiga Laura, y que recién en marzo de este año conseguí usado por internet. Estoy mintiendo. Todavía no terminé el libro, me faltan quince páginas del último cuento, pero siento que ya estoy en condiciones de hablar del efecto inmediato que me produjo. La edición tiene los libros publicados por el autor en vida, que son pocos y flacos, y algunos relatos un poco más extensos: Contemplación (1913), La condena (1913), El fogonero (1913) (primer capítulo de lo que después fue la novela América), La metamorfosis (1915), En la colonia penitenciaria (1919), Un médico de campo (1919) (o Un médico rural según la traducción) y Un artista del hambre (1924): también agrupa los cuentos publicados aisladamente y no incluidos en ninguno de sus libros y por último los relatos póstumos. No sé si es un libro como para llevar en el colectivo, porque es pesadito, pero la edición tiende a no ser molesta, el ancho es manejable y el largo justo. En la mochila, creo yo, podría resultar un peso considerable. Como este año no viajé en colectivo ni en auto ni en subte desde marzo no sé qué tan molesto sería llevado de acá para allá, pero a diferencia de otras compilaciones de relatos y obras completas (la de Borges en la edición de Círculo de Lectores, por ejemplo, es insufrible para transportar) la de Kafka de Losada es bastante amigable para manipular.

Me reencontré con Kafka el año pasado en El coleccionista, un bar notable del barrio de Caballito. Tengo el recuerdo de estar leyendo Kafka también en Los galgos, otro clásico porteño de moda donde sirven altos negronis. En El coleccionista sirven el café con una jarrita de leche y otra de agua y desde el ventanal que da a la calle se ven los puestos de libros de viejo del Parque Rivadavia, la calle nueva que abrió el pelado de Larreta que cruza el parque y tiene salida a Rosario, no la ciudad, ojalá, la calle Rosario. Con En la colonia penitenciaria me pasó que me dieron ganas de releer todo Kafka, porque sentía que no lo había leído bien, o que lo había leído pero en su momento, a los veinte o veintipico de años, yo era una persona totalmente diferente a la que soy ahora. No fue Kafka el cambió, o quizá sí, pero en ese cambio me di cuenta que Kafka no me había dicho todo lo que tenía para decirme. A los veintiuno abandoné por la mitad El proceso. Mi única relación con Kafka era haber leído La metamorfosis, clásico, sí, pero no su mejor.

En la colonia penitenciaria me abrió a un mundo nuevo y desconocido. Hay una máquina de tortura, un condenado, un oficial y un explorador. El lugar parece ser un paraje desértico, abandonado, un hondo, arenoso valle, completamente encerrado entre riscos pelados, dice el narrador, donde se ubica lo que parece ser un regimiento en el que rigen métodos de tortura poco ortodoxos, en vías de extinción, valores que poco tienen que ver con lo humano. El condenado va a morir y lo sabe; el oficial y el explorador también lo saben. El cuento es como la peli esa de Mel Gibson La pasión de Cristo (que no vi je): narra con crudeza masoquista los últimos momentos de una persona que no sabemos qué crimen tan grave cometió pero cuyas consecuencias experimentará, como dice el oficial, en su cuerpo. Para mí es uno de los mejores cuentos de Kafka porque lo especial es su narrador.

Se adopta el punto de vista del explorador, que es un burócrata, como los mejores personajes kafkianos, que va a controlar los métodos de tortura contra los prisioneros al lugar. Pero lo que me hizo flashear de este relato no son los personajes ni los hechos que narra, de por sí increíbles, sino el narrador, una tercera persona que parece contar la historia como venido de otro mundo, un extranjero que no parece pertenecer incluso a la Vía Láctea. ¿De dónde viene este narrador? ¿Quién es? ¿Por qué todo le parece tan extraño? Kafka escribe como si lo que cuenta se lo contara a un viajero venido desde muy lejos que no sabe dónde se metió. Si uno se abstrae un segundo de lo que tiene alrededor, es posible ser poseído por el espíritu Kafka. Me pasó el otro día en la plaza. Estaba tipo sentado en un banco, después del mediodía, dorándome un poquito al sol después de tanto encierro, que ya me tiene blanco teta, mirando las ramas sinuosas de las tipas elevarse en el cielo, mientras pasaban unos chiques en bicicleta sin barbijo, cuando tuve un rapto de irrealidad. No había mucho ruido porque eran calles de difícil acceso, pasando las vías del tren. Fue un domingo con aire de domingo, familiar, de ambiente relajado. Lo único que se escuchaban eran risas y un padre a lo lejos que jugaba a la pelota con su hijo. Pensé en el planeta como esa cosa redonda azul, un puntito azul, girando despacio en la oscuridad del fondo negro del universo. Todo parecía tan frágil. Cualquier cosita lo podría romper así, de la nada, sin que uno se entere. Hace poco vi en un episodio de esos documentales falopa de Netflix que tenemos conciencia del planeta como totalidad desde que el hombre llegó a la luna, fines de los sesenta y principios de los setenta, y la NASA difundió fotos tomadas desde el espacio de la Tierra.

Kafka escribe mirando al planeta desde afuera como un extraterrestre. Se adelantó medio siglo en experimentar la Tierra como una totalidad. Un juego de miradas al principio del relato le da un aire de thriller a lo que se cuenta, la mirada pone los objetos en tensión. El objeto es la máquina torturadora pero también ese cuerpo desecho del condenado, que es únicamente un despojo, una escoria, no le importa a nadie y solo merece morir. La jeta desparramada, dice el narrador que tenía, semblante y cabellos desgalichados, y un aspecto tan perrunamente sumiso que daba la impresión de que se lo podría dejar correr libremente por los riscos, y que en el momento de empezar la ejecución bastaría con silbarle para que fuese. Según el oficial, no tendría sentido anunciarle al condenado su propia condena, que desconoce, porque la va a experimentar en su propio cuerpo. Un poco a la manera de Virgilio Piñera, de Cronenberg, el cuerpo y la máquina fusionados como un medio del terror, del lugar donde se perpetúan las relaciones de dominación.

Hay todo un tema en relación a la ley, otro motivo kafkiano por excelencia. ¿Quién construye las leyes? ¿Por qué debemos aceptar lo que unos cuantos gordos de traje deciden en un congreso que es lo mejor para la mayoría? ¿Qué intereses representan? ¿Por qué son ellos los que diseñan el modo de vida de las sociedades? Quizá sea la legalidad una de las pocas referencias que tenemos en el mundo de Kafka de nuestro mundo, porque la patria y el Estado están borrados. No sé sabe en qué lugar pasa lo que pasa en sus cuentos. Las medidas que toma el oficial son excepcionales, pero esas excepciones constituyen la regla. El principio pro el que dicto sentencia es -dice el oficial-: la culpa nunca se pone en duda. ¿De qué es culpable el condenado? Lo que irrumpe acá es lo absurdo en el procedimiento de tortura, porque no sé sabe por qué se lleva a cabo. Se sabe únicamente cómo. El oficial se saltea la ley, instaura una propia. La forma que adquiere el absurdo es a partir de no revelar por qué pasa lo que pasa, sino de describirlo detalladamente de una manera fría, imperturbable, sádica, mientras el condenado acepta su destino porque algo hizo, o porque le dijeron que algo hizo, o porque lo convencieron de que algo hizo, o simplemente no le importa: es un condenado, está frente a la máquina y tiene que morir.

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