Sobre algunos libros de César Aira – Segunda parte

Derian Passaglia continúa escribiendo sobre la obra del escritor argentino César Aira. Esta vez repasa cinco libros de diferentes periodos del autor: Alejandra Pizarnik (1998), El bautismo (2004), Varamo (2002), Evasión y otros ensayos (2017).

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Por: Derian Passaglia.

Alejandra Pizarnik (1998)

Apuntes desaliñados:

-El surrealismo no como un método de escritura en Pizarnik, sino como un gran sistema de lectura. Siguiendo esta idea, una determinada manera de leer podría ajustarse a los parámetros determinados de un movimiento literario (o viceversa, mejor) para producir una escritura novedosa. No importaría tanto qué escribió tal o cuál movimiento, sino cómo ese movimiento leyó, construyó y operó a partir de ciertos signos (libros, autores, ideas) un sistema propio de escritura. La literatura no se interesaría tanto por el qué (la materia efectiva de lo que produjo el surrealismo) sino por el cómo (escritura automática, fluir de la conciencia, etc).

-Aira ningunea a todos los poetas surrealistas locales, no se salva ninguno, con Aldo Pellegrini a la cabeza. Realmente hermoso de leer sus finas, y a veces no tanto, invectivas contra los poco talentos surrealistas vernáculos, salvo Alejandra, por supuesto. Prende el ventilador y no lo para: Aldo Pellegrini (“poeta muy poco notable, ensayista anodino, traductor laborioso”); Enrique Molina (“un surrealista ortodoxo en toda la línea (…) que descontando la calidad [sus textos] pueden confundirse con los de Max Ernst”, ja!); y también hay para Olga Orozco (“abundante, verbosa, afirmativa del vigoroso sujeto positivo que enuncia”). En esto Aira se acerca a Borges: ¡qué lindo que putea al resto! ¡Quién pudiera mandar a la mierda así a muchos de los horribles escritores y libros locales!

-Esto me interesa particularmente. “De la narrativa desconfiaba, porque no se la podía hacer con pura intensidad poética sino que era necesario usar el lenguaje meramente informativo para las transiciones. Su argumento-ejemplo era que para escribir una novela, tarde o temprano hay que poner una frase como ‘Fuimos a tomar un café con leche’. Excluía de este inconveniente cierta narrativa poética (…) En su primera juventud leyó a Proust, que aunque fue un gran bebedor de café con leche hizo salir su obra de una taza de té”. Gran refutación y mejor defensa de la narrativa por parte de Aira. ¿Qué clase de novela emplearía el uso de un “lenguaje meramente informativo” para “transiciones”? Se me ocurre ahora una novela escrita únicamente de transiciones: un pasaje informativo tras otro, sucesivamente, hasta volver a la “información” un delicado objeto estético. La acumulación de transiciones generaría, pensándolo así, una sobrecarga de información que no tendría como función ser parte de un todo mayor, ni de constituirse como un mero pasaje, sino de conformar la transición como fin: tomar café con leche, lavarse los dientes, caminar hasta la verdulería, volver con una bolsa de papas de dos kilos porque había descuento, etc.

-Menos interesante o productiva me parece la exégesis interpretativa en relación a la unión de vida y obra en Pizarnik. Ella buscaba deliberadamente esa unión, y se la terminó comiendo el personaje, y todos los que la rodeaban (poetas, escritores, amigos) cayeron en la trampa. Creo que esta línea de lectura lo lleva a Aira a un callejón sin salida, porque bueno, sí, vida y obra, ya lo sabemos. Aira no agrega nada con esta información, ni construye algún tipo de elaboración reflexiva en torno a esta cuestión más que la de señalar cómo el contexto y las presiones sociales determinaron de alguna manera la forma de su poesía.

-Finalmente, sospecho que el interés de Aira por la figura de Pizarnik llega por dos vías: el surrealismo y la poesía. Hay dos o tres ideas en este libro (y con que un libro tenga una sola ya es una bendición) que me funcionan más para pensar a quien habla que al tema sobre el que se habla. No por nada Aira es un poeta frustrado, ¿no? 🙁

El bautismo (2004)

Ese momento del año en que el cuerpo mismo te pide una de Aira. Mi elección no fue la mejor, pero bueno, esa es otra historia. De hecho, debe ser una de las peores que leí de Él. La historia no va a ningún lado desde la primera oración, a diferencia de otras novelas de Aira que arrancan bien y después se van a la mierda. Tiene 150 páginas pero se me hicieron como 500. Estuve a punto de dejarla, pero me hice unos par de fernecitos y me armé de valor para terminar este bodrio. Voy a ir por otra de Aira porque me quedé con gusto amargo.

Varamo (2002)

La novela más airana de Aira que leí.

El tilo (2003)

Estamos de festejo: Aira acaba de publicar su libro número 100. Así que arranquemos el homenaje con una confesión: me gustaría ser Aira. Parezco Macri diciendo la otra vez en el día de la mujer que agradecía a las mujeres que lo habían hecho feliz. Pero que no se me malinterprete, cuando digo que me gustaría ser Aira digo que quisiera ser como él; no tomar su lugar, no volverme él de forma negativa, buscando su desaparición física y espiritual para coronarme como el nuevo Aira de un exótico país latinoamericano. Lo que trato de decir es que su literatura tiene un poder tan inmenso y atrayente que despierta el deseo de escribir como él. Una forma de escribir como él es aprender de él. Por eso leo dos o tres libros suyos al año. Habría que inventar alguna aplicación para celu que te elija uno al azar de su vasta bibliografía al momento de leerlo, ¿cómo se hace si no? ¡Hay quienes dicen que todavía tiene 30 inéditas! Desde acá, como siempre, le cantamos:

César, mi buen amigo

esta campaña volveremos a estar contigo

te alentaremos de corazón

esta es tu hinchada que te quiere ver campeón

no me importa lo que diga

la academia Sueca

yo te leo en todas partes

cada vez te quiero máss

Pero bueno, todo a su tiempo. El Nobel ya va caer. Nos convoca El Tilo, novelita de poco más de 100 páginas que cuando te querés dar cuenta ya la terminaste. Es la decimosexta novela suya que leo y creo que recién ahora se me abre el panorama, de a poco, sobre sus distintas etapas estéticas. Desde la pequeña y humilde superioridad moral que me permite hablar sobre su obra, creo que se pueden diferenciar varias etapas dentro de su proyecto literario. El Tilo conforma lo que sería su etapa más radical en mi opinión, donde Aira se hace conocido, donde postula un mundo propio, cerrado y autónomo. Acá está el Aira que todos queremos, el desbocado, el que monologa, el que habla sobre los chismes de su pueblo a modo de leyendas, el que le dedica largas páginas de reflexión al espacio que va después de la coma, el que inventa que las hojas de un tilo puede tener efectos nocivos en su padre, ¡el que habla de peronismo, acá tienen al Aira político, detractores snobistas del resentimiento!

Mi hipótesis: en los 70 y 80 Aira empezaba a ensayar su método, en los 90 la consolidación y los mejores relatos, de los 2000 en adelante se dijo a sí mismo: “ya foe, soy César Aira, lo conseguí, así que voy a seguir tirando fruta total estos se comen cualquiera”. Esta periodización hay que tomarla entre pinzas para que profundicen futuros académicos, no se olviden de citar esta reseña.

El Tilo desarrolla el Aira que salta de tema en tema, el autobiográfico de Cumpleaños, el que utiliza el monólogo para que el relato crezca sin una dirección determinada, solamente guiado por la propia escritura, dejándose llevar por el vaivén de las palabras, perdido en ellas como si le importara menos contar una historia que seguir escribiendo, íntima y apasionada o desapasionadamente, hasta el infinito.

Evasión y otros ensayos (2017)

Cinco ensayos. Me interesa el primero. Una apasionada, elegíaca, épica, apasionada de vuelta, defensa de la literatura como el arte máximo de la diversión. ¿Por qué está mal visto que la literatura evada? La literatura es evasión, es cagarte de risa con un libro, es olvidarte del mundo mientras leés, meterte dentro de un universo único. Como Aira, desprecio la literatura del yo. Esos escritores, según el maestro, carecen de imaginación.

El otro día leí que alguien decía en Twitter que César Aira no es buen ensayista. Después de Borges, Aira es el mejor ensayista argentino. La literatura se ocupó por mucho tiempo sobre la categoría del tiempo y dejó de lado la del espacio. Tiene una idea increíble sobre el espacio que me parece nueva y radical. Piensa al espacio en la literatura en tres dimensiones, y se encarga de ejemplificarlo con una página de Stevenson, que crea un narrador que describe un espacio hasta en sus mínimos elementos. Ojo, no hay que confundir con la soporífera descripción saeriana, la que retarda el tiempo. Esta descripción crea un espacio en la profundidad, mostrando cada uno de sus lados y puntas. La descripción es descripción del espacio y no del tiempo. Esa simple característica, ese simple cambio de categorías en la literatura, hacen que César Aira sea único, el mejor, el más grande.

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