Giuseppe Gioachino Belli (1791-1863), poeta dialectal romano

Paranaländer presenta al poeta del siglo XIX, Giuseppe Gioachino Belli, quien pese a ser un hombre con una alta formación y un manejo perfecto del idioma italiano, eligió escribir en romanesco -un dialecto de propio de la zona de Roma. Compuso más de 2000 sonetos que hoy son un documento que dan testimonio de la idiosincrasia, el lenguaje y la vida cotidiana de las clases populares romanas de la época.

Por: Paranaländer

EL TRABAJO

No quió currar. ¿Qué pasa, peatones?

Yo pa este mundo no estoy programao.

No quiero trabajar. ¿Qué?, ¿me he espresao?

¿O hay que andar endilgando más razones?

En ayunas, me pesan los riñones,

 y, después de que me he desayunao,

 tó mi gusto es estarme al sol tumbao

contra esa tapia oyendo a los gorriones.

 Si fuese el curre pan de buena miga,

 ya se lo habrian cogido esos curánganos,

que les pincha más fiero que la ortiga.

 Mira en el cielo, a ver si allí no hay zánganos:

allí las santas ráscanse la higa

y los santos la polla y los pindánganos.

Giuseppe Gioachino Belli -poeta de los preferidos de este servidor que vivieron en la Italia de inicios del siglo XIX, junto con ese genio sombrío llamado Leopardi- tuvo que ingeniárselas para sostener una vida de decente burguesía, con sus gestiones y trapicheos entre funcionarios de la Administración y la corte papal, allí donde vivía, en la Roma capital política y pontificial a la vez, todavía dominante en su averiado Estado Pontificio, y que así, tras la muerte de su mujer Mariuccia Conti, que le había ayudado a mantener esa casi dorada medianía, hubo de tomar, entre otros, el cargo de nada menos que censor teatral los últimos decenios de su vida.

En sus últimas voluntades, incluso dispuso que se destruyera la colección de los sonetos romanescos, si bien, como Virgilio y otros, encomendando el cargo, junto con el cofre en que estaban cuidadosamente copiados y a veces anotados, a manos las menos propias para que cumplieran nunca la despiadada decisión.

Durante unos años de su vida, principalmente del 1830 al ’36, con un casi abandono tras la muerte de la mujer en el ’37, pero con una buena reviviscencia del ’43 al ’47, estuvo Belli poseído de una fiebre de fabricación de sonetos que de la verba vulgar de sus alrededores (el dialecto hablado por el pueblo romano) le subían al corazón y los dedos hasta hacer una ristra de 2279, con frecuente surgimiento de varios un mismo día, hasta 12 en alguno de 1832.

“Belli, poeta dialectal romano había sido un inconformista cabal, y había escrito muchos sonetos blasfemos. Por ejemplo, había uno acerca sobre el prepucio de Jesucristo, el cual en tiempos de Belli se exhibía simultáneamente en más de 80 iglesias católicas. El poeta sugería que Dios había permitido que ese prepucio creciese como una uña, de modo que partes del mismo podían recortarse per omnia saecula saecularum para edificar a los fieles” (Anthony Burgess).

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